Maduro logra entrar de nuevo al escenario internacional.

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    Hace apenas cuatro años, cuando asumió un nuevo mandato en enero de 2019 tras unas elecciones que gran parte de la comunidad internacional consideró fraudulentas, el gobernante venezolano recibió como respuesta una dura ola de rechazo internacional.

    Siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, casi 60 gobiernos del mundo objetaron a Maduro y decidieron reconocer al entonces presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, el opositor Juan Guaidó, como mandatario "interino" de Venezuela.

    Junto al rechazo político, que en algunos países significó la expulsión de los embajadores de Maduro, vinieron las sanciones petroleras impuestas por el gobierno de Donald Trump, la pérdida del control de los activos de Venezuela en Estados Unidos y en algunos países de Europa, así como una acusación por narcotráfico de la DEA, que ofreció una recompensa de US$15 millones a quien entregue información que permita la captura del mandatario venezolano.

    Coincidiendo con esa crisis diplomática, Venezuela sufrió una situación de hiperinflación, vio desplomarse su capacidad de producción petrolera y provocó la mayor crisis migratoria que haya conocido el continente americano en décadas.

    Cuatro años más tarde, al igual que el dinosaurio aquel del microcuento de Augusto Monterroso, Maduro todavía está allí y algunas puertas que se le habían cerrado han comenzado a abrirse.

    Paulatinamente, se ha incrementado el número de gobiernos que lo reconocen y que comienzan a invitarle a eventos internacionales.

    En septiembre de 2021, el gobernante venezolano acudió a la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en México, invitado por el presidente Andrés Manuel López Obrador.

    Luego, a lo largo de 2022, el gobierno de Estados Unidos envió delegaciones de alto nivel a Caracas que negociaron la liberación de ejecutivos estadounidenses de la empresa Citgo que estaban presos en Venezuela bajo cargos de corrupción.

    Como contraparte, el presidente Joe Biden liberó a los venezolanos Franqui Flores y su primo Efraín Castro Flores -sobrinos de la primera dama venezolana, Cilia Flores-, quienes cumplían en EE.UU. una condena a 18 años de cárcel por narcotráfico.

    A cambio de que el gobierno de Maduro se sentara nuevamente a negociar en México con la oposición venezolana, Biden también flexibilizó en noviembre de 2022 las sanciones petroleras para permitir que la empresa estadounidense Chevron amplíe sus operaciones en Venezuela.

    Ese mes, además, Gustavo Petro se convirtió en el primer presidente de Colombia que visitaba a Maduro desde 2016.

    Pocas semanas más tarde, Maduro acudió a la Cumbre del Clima en Egipto, donde tuvo un encuentro en un pasillo con el mandatario francés, Emmanuel Macron, quien le estrechó la mano, le llamó presidente y le planteó la posibilidad de iniciar un trabajo bilateral en beneficio de Venezuela y de la región.

    En esa misma conferencia, Maduro le dio la mano al enviado especial de Biden para el clima, John Kerry, aunque luego Washington aclaró que había sido un encuentro fortuito.

    A finales de diciembre, el gobierno de España -uno de los que había reconocido a Guaidó- nombró un nuevo embajador en Caracas, cargo que había mantenido vacante desde 2020 debido a las tensiones con Maduro.

    Y el año 2023 comenzó para el mandatario venezolano con una invitación a la toma de posesión en Brasil de Luis Inácio Lula Da Silva, cuyo equipo de transición negoció con el gobierno saliente de Jair Bolsonaro el levantamiento de las restricciones para la entrada de Maduro a ese país.

    El venezolano finalmente no acudió a Brasilia, como tampoco asistió pocas semanas más tarde a la cumbre de la Celac en Argentina, a la que también había sido convocado.

    Sin embargo, ambas invitaciones revelan un cierto cambio en el trato que la región está dando a Maduro.

    Fuente: BBC Mundo.

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